Sabor a miel~La verdad al desnudo~O5 y O6
CAPÍTULO 05
Por un minuto Joseph pensó que iba a gritar de alivio cuando Kit, en vez de convertirlo en el caso más grave de testículos morados, reapareció con una sonrisa traviesa y un condón en la mano.
Se detuvo en el umbral, hermosa y sexy en su imperturbable desnudez. Sintió que le iba a explotar el corazón.
-No habrás pensado que te iba a dejar así, ¿verdad?
-La verdad es que no sé qué esperar de ti -respondió, sacudiendo las esposas vigorosamente para reforzar su argumento.
En algún momento de ardiente frenesí, el cabello de Kit se había soltado y ahora le caía en abundantes mechones que le hicieron cosquillas en las mejillas cuando se inclinó para besarlo.
-Tienes suerte -murmuró con los labios pegados a los de él. -Todavía no he terminado contigo.
Joseph aprovechó para tranquilizarse durante el lapso que ella tardó en buscar el condón, pero resultó un esfuerzo inútil al sentir nuevamente el roce suave de la mano femenina en su ya descontrolada erección. En vez de disfrutar la sensación deliciosa de los dedos que lo cubrían con el preservativo, intentó concentrarse en detalles banales de la habitación, tales como las marcas en la madera de su cómoda debido al prolongado uso o el cuadro con una reproducción de una fotografía blanco y negro de Ansel Adams[1] que parecía un paisaje demasiado tranquilo para la imagen vibrante y provocadora que ella parecía cultivar.
Pero, cuando Kit empezó a deslizarse hundiéndole en las prietas paredes de su vagina, temió correrse descontroladamente. Joseph apretó los dientes tratando de contenerse mientras ella se movía sobre él, arqueando la espalda y provocándolo con sus pujantes pezones color rosa, que se destacaban con desafiante dureza frente a sus ojos. Joseph sintió unas ansias irrefrenables de saborearlos. Intentó incorporarse en la cama, pero las esposas se lo impidieron.
-Suéltame -le dijo. -Necesito tocarte.
-¿Y si no lo hago? -le contestó, respirando agitadamente con las manos apoyadas sobre el fornido pecho al tiempo que reanudaba los movimientos, lenta y cadenciosamente.
Sujetándose con los pies a la balaustrada de la cama, Joseph la embistió brutalmente con las caderas, sabiendo que ella lo sentiría contra la columna vertebral.
-Abre las malditas esposas de una vez -gruñó, desconociendo el tono salvaje de su propia voz. La asaltó nuevamente, arrancándole un gemido de los labios enrojecidos.
Ella se inclinó y recuperó la llave que estaba en la mesilla de noche. En pocos segundos, Joseph estuvo libre. Inmediatamente, aferró sus caderas y la mantuvo inmóvil para penetrarla con lentos, pero profundos movimientos mientras apresaba un pezón entre los dientes. Solo una pequeña broma, se lo merece, pensó, por marcharse sin despedirse en México y por jugar el papel de dominatriz esta noche. Lo quisiese ella admitir o no, tenía tan poco poder sobre él, como él sobre lo que sucedía entre ambos. Y era el mejor momento para darle una pequeña demostración.
Al cogerla por sorpresa, Kit jadeó y Joseph, con un solo movimiento la tumbó de espaldas y la sujetó las muñecas por encima de la cabeza. Estaba tan embelesada al sentirlo profundamente dentro que no se percató del ruido metálico hasta que intentó cogerle la cabeza.
-¡Maldita sea! Suéltame-Se resistió y luchó contra él, pero solo sirvió para que la penetrara ferozmente, rozándole dolorosamente el clítoris contra el hueso de su pelvis. Los gritos de protesta murieron en la boca masculina. Ella se vengó mordiéndole los labios hasta hacerlo sangrar.
Joseph se apartó, incrédulo, deslizando la lengua sobre la herida. Y ella no pudo discernir cuál de los dos estaba más horrorizado por su acto salvaje.
Kit lo miró preocupada al notar que él se había quedado inmóvil sobre ella, penetrándola tan profundamente que podía sentir el miembro pulsante dentro de su cuerpo. Después, se estremeció atemorizada por la sonrisa diabólica que esbozó el rostro masculino.
-Kit, no juegues a cosas de las que te puedes arrepentir. Ella no tuvo tiempo de preguntarse a qué se refería. Aterrada, pero inmovilizada de tal modo que le era imposible liberarte, lo vio hurgando en el cajón de su mesilla de noche. Dentro del cajón guardaba su revista junto con otras cosas privadas y...
-Kitty Kat, pequeña traviesa... -Reconoció el pequeño objeto cilíndrico que Joseph tenía en la mano por su delatador zumbido.
Kit retrocedió y gimió cuando Joseph le pasó el vibrador por los pezones, provocándole un espasmo en el coño que la obligó a ceñirle convulsivamente el miembro. Indescriptiblemente avergonzada por el descubrimiento de su pequeño juguete sexual, por modesto que este fuera, intentó una bravuconada.
-La mayoría de los hombres se sienten intimidados ante un vibrador. Temen no poder igualarlos.
-¿Este pequeño adminículo infantil? Levantó el juguete blanco que no tenía más de cinco pulgadas de largo y apenas una pulgada y media de diámetro. Se incorporó, dejando solo el glande dentro de su sexo. Volvió a penetrarla profundamente con deliberada parsimonia. -No creo que deba sentirme amenazado.
-No importa el tamaño del bote... -dijo con un tono agudo delatadoramente débil.
Los movimientos lentos y firmes de Joseph le impidieron finalizar el resto del dicho[2] .
Apoyándose en las rodillas, levantó las piernas de Kit, se las colocó sobre las caderas y emprendió una secuencia de empellones firmes y contundentes hasta hacerla gemir con tal intensidad que nada más existió en el mundo, salvo el miembro que tan hondo la penetraba. Sin menguar el ritmo, le pasó el vibrador por el vientre y lo dejó apoyado durante unos instantes sobre el monte de Venus. El clítoris pulsó enardecido ante la estimulación indirecta y ella lanzó un grito.
Luego se quedó inmóvil, sin efectuar ningún movimiento, y apartó el vibrador. Ella abrió los ojos de golpe y lo vio apoyado en un brazo tembloroso mientras el sudor le goteaba de la frente y caía sobre su pecho.
-Maldita sea, no te detengas -demandó ella, pero su tono escondió una súplica. Se retorció contra él, intentando hundirse en él para terminar con esa frustración que los torturaba a ambos.
Pero él mantuvo sus caderas aferradas contra la cama, de tal modo que se vio forzada a mantenerse inmóvil, para después llevarla nuevamente al límite, y así una tercera vez, hasta que el deseo angustioso de llegar al clímax se convirtió casi en dolor físico.
-Por favor -le rogó inútilmente, odiándolo por lo que le estaba haciendo y odiándose a sí misma por ser tan débil -Me estás torturando.
Él se apartó inmediatamente, le cogió el rostro y se disculpó: -Perdóname, nena -murmuró contra la mejilla colorada. -Lo haré mejor.
Le cogió las rodillas y se las colocó sobre el pecho. Deslizó el vibrador por los pliegues de la vulva, como si se percatase de que el clítoris estaba demasiado sensible para una estimulación directa. En pocos segundos, ella se corrió, apretando los ojos con fuerza y contrayendo cada músculo de su cuerpo espasmódicamente en éxtasis.
Fue vagamente consciente del grito de Joseph, que se sacudía frenéticamente dentro de su cuerpo.
Con tantos gritos y aullidos, tendría suerte si sus vecinos no llamaban a la policía.
Joseph le hundió el rostro en el cuello y susurró algo; por un segundo terrible, Kit temió echarse a llorar.
-Suéltame -le dijo a Joseph con dientes apretados. Joseph revolvió el cajón para buscar la llave y le quitó las esposas. Inmediatamente, Kit salió de la cama de un salto y cogió la bata. No le gustaba cómo se sentía: temblorosa, vulnerable y demasiado expuesta. No le gustó la forma en que Joseph había entrado en su apartamento, y en su vida, derribando la muralla que ella había tardado doce años en construir.
Necesitaba estar sola, recomponerse y analizar la relación que tenía con Joseph para ubicarla en su correcta dimensión.
-Debes irte -dijo cortante.
Sorprendido, Joseph levantó las cejas oscuras, pero no se movió de la cama.
-Lo digo en serio. Tengo una fecha inminente para entregar mi trabajo y ya he perdido suficiente tiempo contigo.
-He tenido un largo vuelo y solo quiero dormir. Ni siquiera notarás que estoy aquí.
¡Ja! Como si le fuera posible concentrarse en su trabajo sabiendo que Mister Universo, y su increíble polla, estaban tendidos en su cama.
-De ninguna manera. ¿Tu empresa no te reservó una habitación de hotel o algo por el estilo? Estoy segura de que allí estarás mucho más cómodo -le aseguró al tiempo que le arrojaba los pantalones, los calzoncillos y la camisa. Joseph lanzó un insulto cuando ella lo golpeó en la frente con la hebilla del cinturón que le había arrojado bruscamente.
-Entendido -rezongó, levantándose de la cama. Kit se dio vuelta para no verlo, pero sabía que si sus ojos se regodeaban con el esbelto cuerpo masculino desnudo, terminaría irremediablemente en la cama con él y no tendría posibilidad alguna de concluir su trabajo.
Fue al salón para huir de él. Allí recogió la chaqueta del traje y la sostuvo en sus manos hasta que él apareció, vestido, a Dios gracias.
-¿Estás segura de que no quieres que me quede?
-¿Necesitas que te pida un taxi? -Se esforzó por ignorar el sentimiento de culpa que le producía la mirada dolida y enfadada en los ojos miel de Joseph.
Pero, de repente, los labios de Joseph se curvaron en una sonrisa burlona y la anterior mirada de dolor desapareció. Cogió a Kit en sus brazos y, contrariamente al rudo beso que esperaba, sintió la suave presión de sus labios en la frente, en las mejillas y finalmente en la boca.
-Buenas noches -suspiró. -Te llamaré.
Una vez que se hubo marchado, Kit mantuvo durante cinco minutos la mirada fija en la puerta vacía. Estaba totalmente confundida. Aparentemente, su vida parecía la misma, pero era como si la hubiesen desarmado y armado nuevamente, ya nada parecía ni se sentía igual.
El sonido que produjo el programa de su correo electrónico la sacó del aturdimiento en el que estaba sumida.
¿Qué le sucedía? Era solo sexo. Con Joseph Jonas, susurró soñadora la pequeña Kit de diecisiete años.
Como si eso cambiase en algo la cuestión. Solo era otro hombre, aunque el hombre más hábil en la cama que había conocido, tenía que reconocerlo. Pero nada que mereciese que todo se descontrolase.
Más aun, probablemente sería mejor que no lo viese de nuevo durante el tiempo que él permaneciese en la ciudad.
Se dirigió a la cocina y se sirvió una taza de café recién hecho, pues aún tenía varias horas de trabajo por delante. Eso también era bueno, ya que dudaba que pudiese conciliar el sueño.
Pero cuando se sentó frente al teclado, dispuesta a escribir sobre las diabólicas empresas que no tienen reparos en arriesgar las vidas de los pacientes solo por aumentar ligeramente su cotización en bolsa, se encontró escribiendo en la carpeta titulada: «La verdad al desnudo».
Inspirada, empezó a escribir.
«Amigas mías, jamás podríais imaginaros quien apareció en mi puerta como un pobre y patético perrito rogándome más...»
CAPÍTULO 06
Habían pasado dos días y aún no había llamado.
No estaba sorprendida ni molesta, o eso se decía a sí misma con firmeza.
Sí, seguro. Por eso revisas tu contestador telefónico veinte veces al día y has preguntado al director de TI[3] si existe algún problema con el servidor de correo electrónico.
Bueno, quizá estaba un tanto molesta, pero solo porque el sexo con Joseph había superado toda experiencia anterior y quería más. Era así de sencillo.
Por suerte, escribir su columna para Bustout.com la ayudó a colocar en una perspectiva objetiva la última noche que había pasado con Joseph.
El artículo en el cual estaba trabajando perdió nitidez en la pantalla de su ordenador; se restregó los ojos. Como periodista de negocios, odiaba la época de presentación de balances, tener que escuchar interminables juntas de accionistas e intentar dar su propia y única interpretación sobre las razones por las cuales cierta compañía había logrado, o no, cumplir sus objetivos de ingresos para un determinado trimestre.
Sintió un nudo en el estómago cuando sonó su teléfono móvil, que estaba sobre el escritorio, pero recordó que Joseph no tenía ese número.
Era Tina, la Redactora Jefe de Bustout.com.
-Kit, ¿has visto tu índice de lectores de esta semana? -Estuve tan ocupada aquí que no he tenido tiempo de entrar al sitio. -Bustout.com tenía un programa que registraba no solo cuántas personas accedían a la columna de la Web, sino también cuántas veces un lector enviaba el artículo a un amigo.
Antes de entrar al sitio de la red, Kit echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que nadie estuviera merodeando en la puerta de su cubículo.
-¡Mierda!
-Lo sé -se jactó Tina. -Tus dos últimas columnas han logrado un cincuenta por ciento más de lectores. Y observa los correos reenviados.
El corazón de Kit dio un vuelco. Ambas columnas habían sido reenviadas a más de cinco mil lectores.
-Deberías ver la respuesta que estamos obteniendo. Las historias acerca de este hombre de tu pasado... les fascinan a los lectores.
Kit ejecutó el comando de enlace de la página y entró a la cuenta que tenía con el nombre de «C. Teaser»[4] y que había sido creada especialmente para que las admiradoras de la columna le enviaran sus opiniones.
A medida que se desplazaba por la lista de mensajes Con títulos como «Eres muy divertida» y «Eres mi ídolo», la sonrisa de Kit se ensanchaba. Al llegar al final de la página, la misma se esfumó un tanto.
-Eres una maldita perra -leyó en voz alta.
-Bueno, no les gusta a todos -reconoció Tina, -pero está provocando un gran revuelo, lo cual es igualmente bueno.
-Kit, ¿no deberías estar cubriendo la conferencia de Smith y Dawning? -le espetó su jefe de mal talante.
Kit buscó a tientas el ratón y cerró la ventana de Bustout.com antes de que Tom pudiese verla. Era por todos sabido que la mayoría de los escritores del Tribune tenía un segundo empleo o trabajaba por cuenta propia, pero si había algo por lo cual se vería rápidamente en grandes problemas, ese algo sería que Tom constatase que estaba escribiendo para otro durante su horario laboral en el periódico. Al mirar el reloj notó que, en efecto, tenía que ponerse en marcha si quería llegar a tiempo para escuchar la parte principal del debate de la conferencia.
Forzó una sonrisa entusiasta y le levantó el pulgar a Tom en gesto de aprobación mientras recogía sus pertenencias.
-Debo irme -murmuró a Tina.
-Cuestiones de tu trabajo fijo, supongo. Todos esperamos con ansia la próxima entrega de «Los ecos del pasado» de C. Teaser. Continúa escribiendo así y muy pronto podrás librarte de los frikis informáticos, banqueros e inversiones.
Kit apagó su ordenador portátil, lo guardó en su maletín y se lo colgó del hombro. Cogió su bolso y echó un vistazo alrededor de su escritorio para asegurarse de que no había olvidado nada. Iba a reunirse con los felices futuros consortes, Elizabeth y Michael, cerca del hotel donde se llevaba a cabo la conferencia, y no quería verse obligada a tener que regresar a la oficina. Se escabulló del cubículo, cuidando de no rozar la barriga de Tom, que bloqueaba parcialmente la salida.
Sabía que no era del agrado de Tom. Nunca lo había sido. Y no desconocía el motivo: él sabía perfectamente que a ella no le importaba ese trabajo, que lo consideraba un simple medio de vida para pagar las cuentas y, de ese modo, poder escribir sobre lo que de verdad le interesaba. Aun así, tenía suficiente talento como para cumplir con sus tareas periodísticas sin demasiado esfuerzo y nunca se había preocupado por ser ascendida a columnista o por encabezar un artículo. Por todo eso, y para retener a una empleada fiable y muy eficiente, Tom toleraba su actitud menos que entusiasta.
Antes de escabullirse deprisa, levantó la vista y lo sorprendió mirándole el escote de la entallada camisa abotonada. Impávida, levantó el maletín a la altura del escote para que cuando pasase junto a él, se topara con el cuero en lugar de sus pechos.
Saber que Tom desaprobaba su actitud no era óbice para que le permitiese echarle miradas pervertidas.
Mientras se dirigía al hotel donde se llevaba a cabo la conferencia, Kit meditó acerca de lo que le había contado Tina. Los lectores estaban enloquecidos con «La verdad al desnudo». Solo pensarlo, le produjo vértigo.
En tal caso, ¿qué debía hacer ahora que su fuente de inspiración ya no parecía tener deseos de buscarla?
¿Debía admitir ante sus lectores que ella, C. Teaser, la excepcional devoradora de hombres, había sufrido en carne propia el trillado «rollo de una noche»?
Era eso, o ir tras Joseph... lo que, por regla general, nunca hacía.
El mero pensamiento le dejó un sabor amargo en la boca. En su mundo, los hombres eran los perros y ella, el gato; y eran ellos quienes la perseguían.
«Eres muy divertida». «Eres mi ídolo». Los mensajes de sus lectores se repetían en su mente. De una forma u otra, debía meter a Joseph en su cama otra vez.
Kit sintió un miedo atroz de tener que romper en esa ocasión sus propias reglas; solo por el bien de su carrera.
Joseph trató de contener el impulso de cargar a Kit sobre sus hombros como un hombre de las cavernas al verla entrar en la Sala Redwood. Habían pasado dos días desde la última vez que la había visto y apenas había podido resistir la irrefrenable tentación de llamarla o pasar por su apartamento sin avisar. Fue pura suerte que Michael enviara un correo electrónico ese mismo día. Cuando Michael se enteró de que Joseph estaba en la ciudad, lo invitó prestamente para que lo acompañara a tomar un trago con su prometida, Elizabeth, y con Kit.
Ahora tenía una excusa perfecta y completamente inocente para verla, y todo sin siquiera hacer una llamada telefónica. Había planeado dejar pasar un día más, ya que su instinto le decía que si se le insinuaba demasiado frontalmente, o muy rápido, ella huiría, como había hecho en México. La otra noche, Kit se había asustado, a pesar de intentar ocultarlo tras una bravuconería de mujer recia. Joseph pudo percatarse de ello porque él también había experimentado el mismo miedo.
¡Diablos! El hecho de que incluso hubiese convencido a los socios de la firma de que debía trabajar en San Francisco el mes siguiente le provocó un sudor frío. Por supuesto, tenía negocios legítimos que debía atender en San Francisco, pero nada que no pudiera resolverse desde Boston.
Se preguntó qué haría Kit si él admitiese que estaba allí por iniciativa propia, que su único objetivo al ir a San Francisco era demostrarle que lo que habían comenzado en México era sincero.
Sin duda, saldría corriendo tan deprisa que dejaría marcas en el suelo. Razón por la cual, Joseph había desaparecido durante los últimos dos días. Quería darle suficiente tiempo para calmarse, para que su temor se convirtiese en fastidio al preguntarse por qué no la llamaba.
Por lo general, odiaba jugar con las mujeres. Se enorgullecía de ser sincero con quienes salía. Si prometía llamar, lo hacía. Si sabía que no llegarían a nada, lo dejaba claro con la mayor diplomacia posible.
Pero sabía que si era sincero con Kit y admitía que creía que ella era... (¡Dios! Hasta mentalmente sonaba vergonzosamente cursi) «la indicada», Kit se escudaría aún más tras el muro que había erigido, hasta tal punto que resultaría infranqueable.
Se lo tenía bien merecido, por supuesto, ya que había sido él quien le había roto el corazón cuando la despojó de su virginidad torpemente y sin siquiera volver a llamarla. El hecho de que la herida siguiese abierta a pesar del tiempo transcurrido demostraba que el habla sido muy importante para ella.
Irónicamente, ese miedo de Kit era el único indicio que le permitía suponer que su intención de conquistarle el corazón no era tan descabellada.
Mientras Kit escudriñaba la sala buscando a sus amigos, Joseph aprovechó la oportunidad para observarla de modo inadvertido. Llevaba puesto un traje formal y parecía la típica fantasía de la «mujer ejecutiva» hecha realidad. Si bien el conjunto marrón que vestía era clásico, su entallada chaqueta le ceñía las curvas y la camisa blanca abotonada, que llevaba sugerentemente abierta en el cuello, insinuaba con buen gusto gran parte del busto. La falda le llegaba justo por encima de las rodillas y dejaba ver sus largas y bien torneadas pantorrillas.
Se le hizo la boca agua al recordar cómo había recorrido con los labios la superficie de los músculos de esa perfecta longitud curvilínea cuando la tenía apoyada sobre su hombro.
Kit los halló sentados en un sofá de cuero en el fondo del pub. Kevin se dio cuenta de que se había sorprendido al verlo por la expresión asombrada de sus ojos color azul grisáceo, y también pudo advertir que su presencia le había producido un placer que no pudo disimular. Pero solo fue consciente de que había estado preocupado por su posible reacción al advertir el alivio que le produjo esa tenue sonrisa. Aunque esperanzado, temió que Kit siguiese demasiado asustada como para permitirle que se acercara de nuevo a ella.
Observándola mientras se acercaba con paso lento y relajado, sintió un placer puro e instintivo.
Elizabeth, sentada entre ambos hombres, se arrimó a Michael a propósito para que Kit no tuviera más remedio que colocarse junto a Joseph, quien a su vez se deslizó hacia el borde del sofá, dejando espacio solo suficiente para que Kit acomodara a duras penas las caderas. Cuando se sentó, lo inundó una fresca fragancia, mezcla de perfume y champú, que le provocó el deseo irrefrenable de soltarle la melena castaña y ocultar el rostro en la curva de su cuello.
-¡Es genial que nos veamos! -dijo mientras se sentaba. El contacto de su cálido cuerpo fue suficiente para que su miembro despertara rápida y dolorosamente. La manera en que se le mecieron los senos cuando se quitó la chaqueta tampoco fue de gran ayuda. Cuando Kit se acomodó en el sofá, lo pilló mirándola y levantó una ceja en gesto de complicidad.
-Espero que no te importe que haya invitado a Joseph -dijo Michael mientras hacía un gesto llamando a la camarera.
Kit se humedeció los labios tersos y pulposos.
-No me molesta en absoluto.
Joseph esbozó una sonrisa picara y estiró el brazo a lo largo del respaldo del sofá con las venas palpitantes de lujuria, cuando sintió la mano de Kit posársele, como sin querer, sobre el muslo.
Paciencia. Muy pronto la tendría justo donde él quería.
Lo tengo justo donde quiero. Kit no salía de su asombro. Se había salvado de tener que perseguir a Joseph para obtener buen material para la columna. Si no le hubiera costado un bofetón de Elizabeth, se habría inclinado hacia Michael y lo habría besado en gesto de gratitud.
Se inquietó al verlo, incapaz de reprimir completamente a la adolescente insegura que aún anidaba en su interior. ¿Y si en realidad él no tenía ningún interés en verla otra vez? Los hombres eran bastante fáciles y tenía plena confianza en que podría, al menos, llevarlo a la cama de nuevo. Pero la idea de tener que esforzarse para conseguirlo no le gustaba.
Sin embargo, a juzgar por la manera en que Joseph la miraba, como un león acechando a su presa, no tenía razones para preocuparse.
Y Kit admitió para sí misma que estaba igualmente deseosa de que la empujara y la sujetara contra la superficie plana más cercana.
La hora siguiente pareció interminable. Bebieron y charlaron sobre las próximas nupcias de Elizabeth y Michael.
A un mes y medio de la boda, Elizabeth estaba tan tensa que era increíble que no se le quemaran los cables. No era de extrañar que estuviese bebiendo el vino a raudales, como si fuese agua.
-Kit, tú eres una de mis mejooress, mejores amigaaas -dijo Elizabeth arrastrando las palabras. -Te quiero de verdad, ¿lo sabes?
Oh, no. Elizabeth había cruzado el límite entre la borrachera alegre y la sentimental.
-Yo también te quiero -dijo Kit amablemente, devolviéndole el torpe abrazo al mismo tiempo que le haría una mueca a Michael por encima del hombro de su amiga.
-Pero me preeoocupas -continuó Elizabeth, con la copa de vino en la mano y sin notar que le erraba por completo a la boca y que la bebida se le derramaba por el mentón. Se quedó mirando las servilletas que Kit le ofrecía como si no supiera bien qué hacer con ellas.
Detrás de ellas, Joseph soltó una risa ahogada y Kit le lanzó una mirada fulminante por encima del hombro.
-No veo por qué tendrías que preocuparte por mí -dijo Kit.
-Porque necessitas encontrar el amor, Kit. Toodos necesitamos amor.
¡Oh, Dios! ¡Otra vez lo mismo!
-Mi vida sentimental no tiene nada de malo -dijo, aunque admitía lo inútil que era discutir con una mujer que no había comido más que lechuga durante todo el día para caber en el ceñido vestido de novia y que después había bebido una botella entera de Chardonay.
-Tienes a tooodos esos hombres, Kit. Como, Max, Mort...
-¿Matt? -terminó Kit.
-Sí, ¿era el de los tatuajes, no? -Elizabeth frunció el ceño mientras trataba de pensar coherentemente. -No me... hip... gustaba. -Se le encapó un eructo y Kit sintió que Joseph temblaba tratando de reprimir una carcajada. -Típico escritor eeestúpido y atormentado.
Kit suspiró, pero no pudo negar la valoración de Elizabeth acerca del pobre y calumniado Matt.
-Verásss, tú sales con estos hombres, Kit, pero no tienes amooor. ¿No quieres encontrar a alguien a quien amaaar, alguien con quien puedasss llegar a algo?
-Bueno, pequeña celestina -interrumpió Michael, -es hora de llevarte a casa. -Puso a Elizabeth de pie y articuló un silencioso: -Lo lamento. -Kit restó importancia a la cuestión con un gesto de la mano. La pobre mujer estaba planificando una boda ridículamente fastuosa para casi cuatrocientas personas, a la vez que dirigía su propia empresa de diseño de interiores. Sin duda, aquello era más que suficiente para empujar a cualquier mujer a la bebida.
-Coomo mi Mikey -dijo Elizabeth con tono soñador mientras Michael la mantenía de pie sosteniéndola de la cintura. -¿No quieres un hoombre así, como mi Mikey?
Con sinceridad, no. Pensó Kit mientras observaba el cabello rubio oscuro de Mike, que ya empezaba a ralear; su contextura mediana con hombros que mostraban los primeros signos de decadencia física; y el torso que no había revelado ningún músculo abdominal en una década. Pero Elizabeth lo adoraba y él la trataba como a una reina, por lo tanto, quizá estuviese en lo cierto.
-Bueno, cuéntame más sobre esos hombres que Elizabeth mencionó -dijo Joseph mientras se sentaban de nuevo y observaban cómo Michael guiaba a su ebria prometida basta la puerta. -No sabía que era uno más del montón.
El intentó mantener un tono ligero, pero el matiz burlón de su voz era inconfundible.
-Típico comentario machista -dijo, clavándole una mirada de indignación. No es asunto tuyo, pero no eres «uno más del montón», como has expresado de modo tan encantador. -La forma en que él lo dijo le evocó la imagen de sí misma desnuda en la cama, abierta de piernas, quitándose a un hombre de encima y gritando: ¡siguiente!
¿Acaso en eso lo que él pensaba de ella? ¿Y qué si así era? Le importaba una mierda.
-¿Cuántos? -preguntó de modo nervioso, y dio un sorbo a su vodka con tónica, como preparándose para la respuesta.
-¿En total o solo esta semana? -Un escalofrío de incomodidad le recorrió el cuerpo al encontrarse con la mirada fría de los ojos miel de Joseph. Su pregunta no merecía respuesta alguna, sin embargo, se oyó diciendo: -Más de los que puedes contar con los dedos de una mano, pero menos de lo que suman las dos. -Bebió un largo sorbo de vino y esperó su reacción.
-¿En total o solo esta semana? -se burló Joseph.
-¿Qué hay sobre ti? -le respondió rápidamente. -Un semental como tú, estoy segura de que ha tenido lo suyo. Si mal no recuerdo, vosotros, los cuatro Jonas, erais bien conocidos en toda la costa norte.
Su pequeño pueblo estaba al lado del lago Tahoe, cerca de los mejores centros de esquí y deportes de montaña del país. Razón por la cual siempre había un continuo flujo de turistas. Kit pudo sentir que su sonrisa se petrificaba a medida que recordaba todas las historias que había escuchado sobre Joseph y alguna que otra turista.
Las mejillas se le tiñeron de un rubor oscuro, claramente visible incluso con las tenues luces del bar.
-Sí, eso es lo que pensé -dijo, convenciéndose de que no le importaban en absoluto las amantes que Joseph había tenido antes o después de ella.
Entonces, ¿por qué la imagen de Joseph con otra mujer hizo que el vino se le espesara en el estómago?
Adjudicándoselo a su estómago vacío, Kit se recordó a sí misma el propósito que se había fijado. Hostigarlo con su pasado sexual y conducirlo a una conversación belicosa acerca de una presunta moral sexual no iba a ayudarla para escribir su columna.
Por suerte, él también parecía preferir un cambio en el rumbo de la conversación. Pero no en la dirección que ella hubiera querido.
-Entonces, ¿quieres encontrar el amor, Kit?
Quizá ya lo he encontrado. El pensamiento apenas tuvo tiempo de afianzarse en su mente antes de que lo descartara de plano. Tenía que desviarse de ese tema, rápido, antes de que dijera algo de lo que pudiese arrepentirse. Se volvió hacia él, apoyó la copa de vino sobre la mesa y deslizó la mano lentamente por el muslo de Joseph. Músculos de acero se marcaron a través de la tela y el calor de su piel fluyó por los dedos de Kit.
-Esta noche, no -susurró Kit. -Esta noche me conformaré con lujuria como la de antes.
La distracción dio resultado para ambos. Sintió entre sus piernas una oleada de deseo, el mismo que había sentido cuando Joseph acercó su rostro para darle un ávido beso de lengua. Él le recorrió con la mano la piel desnuda de la pantorrilla hasta llegar al muslo y continuó subiendo para apretarle las nalgas.
Durante varios minutos se liaron en el sofá como dos adolescentes enloquecidos en la parte trasera de un autobús. Solo cuando Kit bajó la mano por los abdominales en dirección a su cinturón, Joseph pareció volver en sí. Afortunadamente, pues ella casi había logrado que los arrestaran por conducta indecente.
Con el maletín en una mano y Kit en la otra, Joseph la condujo hacia la calle. El aire frío la hizo volver en sí, parcialmente. Incluso a esas altas horas de la noche, esa zona de la ciudad estaba llena del público que frecuentaba los negocios y restaurantes de Union Square.
Kit maldijo. Necesitaban un taxi ya. Ella apenas podía reconocer a la maníaca sexual que parecía poseer su cuerpo cada vez que Joseph la tocaba, pero si no lo tenía dentro, y pronto, su cuerpo entero iba a estallar en llamas.
Joseph la agarró del brazo y la llevó deprisa. Ella rogó que el hotel de Joseph estuviera cerca.
Aparentemente, Joseph tenía otro paradero en mente. Después de caminar aproximadamente una calle, Joseph la arrastró de un tirón hacia un callejón entre dos edificios, soltó el maletín y la acorraló bruscamente contra la fría pared de ladrillos.
Sus bocas se unieron en un beso brusco.
-No puedo esperar más -murmuró entre sensuales incursiones de lengua. -Tengo que estar dentro de ti.
Sintió un calor húmedo que le invadía la entrepierna y la vagina se le contrajo con expectante deseo. Aun así, dijo:
-¿Y si alguien nos ve?
-No me digas que... -susurró mientras le mordía y lamía el cuello-una mujer sofisticada y con experiencia como tú... -gimió cuando él le cogió con firmeza el sexo-dejaría que una tontería como esa la detuviera. -Tiró bruscamente de sus bragas y le hundió los dedos en la caliente y dispuesta hendidura. -Eso pensé -dijo él mientras le introducía los dedos en enloquecedora cadencia, hallándola más que lista.
Las manos grandes le levantaron violentamente la falda por encima de la cadera. Kit tiró del cinturón, le bajó la bragueta y gimió cuando sintió entre sus manos la repentina erección del miembro, duro como roca.
-Me excitas tanto... -le susurró, embistiendo la polla dentro del puño femenino al tiempo que buscaba la cartera en el bolsillo trasero. -Solo han sido dos días, pero siento como si te hubiera echado de menos durante años. -Lo acercó hacia ella hasta que la punta del pene le rozó la húmeda vagina. Joseph hizo a un lado las manos de Kit para colocarse un condón. -¿Siempre estás tan preparado?
Él la levantó soltando una risa ronca, la sujetó firmemente contra la pared y colocó la pierna de Kit encima de su antebrazo.
-Si tenía la suerte de volver a verte -dijo jadeante mientras la penetraba profundamente-quería estar preparado.
La embistió con fuerza nuevamente y extrajo el miembro casi por completo mientras los ávidos músculos interiores de Kit temblaban y se contraían para retenerlo dentro.
Kit comenzó a correrse cuando Joseph la penetró nuevamente. La cabeza de Kit golpeaba contra la pared de ladrillos; su pierna rodeaba la cadera de Joseph en un intento por presionarse más firmemente contra él. Un agudo gemido de placer estalló de la garganta de Kit y Joseph subió la mano para cubrirle la boca. Kit se retorcía y estremecía de placer con cada embestida y con el continuo roce del pene contra el clítoris, logrando que su orgasmo se prolongara sin fin.
Joseph se corrió dejando escapar un quejido y reemplazó la mano por sus labios para sorprenderla con un suave beso.
Kit casi no sintió nada cuando Joseph extrajo el pene; se acomodó la falda y, poco a poco, cobró conciencia de dónde se hallaban. ¡Mierda! Acababa de tener sexo en público... ¡en un callejón, por Dios! Jamás en su vida había perdido el control de esa manera, sobre todo cuando se trataba de sexo. Observó a Joseph arrojar el condón en un contenedor de basura y subirse la bragueta.
Todo aquello era una locura. El encuentro no había durado siquiera cinco minutos y, salvo por sus camisas arrugadas, la ropa de ambos estaba prácticamente intacta.
Con manos temblorosas, Kit se recogió el pelo y lo sujeto con un pasador. Joseph cogió el maletín y ella aferró con dedos temblorosos el bolso que había dejado caer en algún momento durante los diez segundos que duró el juego sexual previo.
Joseph le deslizó la mano por la cintura y refregó el rostro contra el cuello de Kit.
-Quiero llevarte a casa y desnudarte -murmuró él.
Increíblemente, los pezones se le endurecieron como rocas y le palpitó la vagina en primitiva reacción.
Kit prefirió no pensar demasiado en la abrumadora y perturbadora reacción que le causaba Joseph y se concentró en el material de sobra que tendría para «La verdad al desnudo» si conseguía que sus encuentros continuaran durante el mes siguiente.
[1] Ansel Adams: famoso fotógrafo estadounidense conocido por sus fotografías en blanco y negro del paisaje del parque nacional Yosemite. Es también autor de numerosos libros sobre fotografía, como su trilogía de manuales de instrucción técnica La Cámara, El negativo y La Copia.
[2] Dicho popular: «No importa el tamaño del bote, sino como se mueve»
[3] TI: Acrónimo de «Tecnología Informática»
[4] Teaser . término cuyo significado en inglés es «bromista sarcástico, socarrón e intrigante»



